Juan Agustín Robledo (INFOBAE)
Cuando el historiador británico Eric Hobsbawn describió en su monumental Historia del siglo XX el proceso de "transnacionalización" de la economía -"un sistema de actividades económicas para las cuales los estados y sus fronteras no son la estructura básica, sino meras complicaciones"- que vivió el mundo a partir de la década de los 60, señaló tres aspectos de ese proceso que resultaban particularmente visibles: la conversión de las grandes corporaciones nacionales en compañías trasnacionales, una nueva división internacional del trabajo y el surgimiento de actividades económicas offshore (extraterritoriales) en paraísos fiscales. Que una empresa con sede en un país tuviera operaciones en otro no era una novedad.
Lo verdaderamente novedoso era que, gracias a la revolución en el transporte y las comunicaciones, en todas las ramas de la industria era posible dividir la producción de un solo artículo entre, por ejemplo, Singapour, Tailandia y Tierra del Fuego. Hacia mediados de siglo, por comprometido que estuviera con la libertad económica, todo país serio había desarrollado controles y restricciones a la práctica de negocios legítimos entre sus habitantes.
Si las grandes corporaciones buscaban resquicios legales para aumentar sus ganancias, la expansión de sus operaciones allende las fronteras otorgaba nuevas oportunidades de negocios: una combinación ingeniosa de agujeros fiscales en determinadas jurisdicciones operaba milagros en la cuenta de resultados de una compañía. Lejos de ser una "desviación" o "falla", el surgimiento de una red de paraísos fiscales se convirtió en fundamental para el sistema: fue el modo en que la economía capitalista escapó a las regulaciones nacionales. Esa es la tesis que sostiene el periodista malauí Nicholas Shaxson en su libro Las islas del tesoro: los paraísos fiscales y los hombres que se robaron al mundo, de 2011 y publicado en español en 2014 por Fondo de Cultura Económica.
En la tradición del denuncialismo anticapitalista de No logo de Naomi Klein o Imperio de Toni Negri, Shaxson hace, con tono indignado y no sin candor, una radiografía de estas "guaridas libertarias y elitistas, infestadas de delincuentes, que actúan como silenciosos arietes de la evasión fiscal y la desregulación financiera" que tiene a la City de Londres como centro de una telaraña internacional, montada sobre ex colonias, desde donde atrapa billones de dólares.
Más de la mitad de los activos bancarios y un tercio de las inversiones extranjeras directas que realizan las multinacionales se canalizan a través del "sistema extraterritorial"; por él pasa, al menos en los papeles, más de la mitad del comercio internacional. Por eso, "el sistema extraterritorial no es una excrecencia pintoresca de la economía mundial, sino que se halla exactamente en su centro", afirma Shaxson.
Un ejemplo resulta bastante ilustrativo: mientras que a nivel "real" un cargamento de bananas producidas en Honduras puede venderse en Gran Bretaña, en los papeles las cosas son más complicadas. Mientras que el productor hondureño puede ser la filial de una empresa radicada en Bermudas, los costos por marca, seguro, transporte y servicios financieros pueden ubicarse en las Islas Vírgenes, las Bermudas, Panamá, Luxemburgo, Belices... Lo mismo se aplica al supermercado que las vende en Londres.
"Acomodando artificialmente el precio de la transferencia interna, las multinacionales pueden trasladas las ganancias a un paraíso fiscal con bajos impuestos y los costos a los países con altos impuestos, donde los gastos pueden deducirse de la suma por la que corresponde tributar". Bajos impuestos, confidencialidad y cierta estabilidad política que garantiza el mantenimiento del sistema en el tiempo son las características que reúnen los paraísos fiscales o "jurisdicciones extraterritoriales".
Su historia se remonta a la vieja estructura colonial británica: así, Shaxson dedica uno de los primeros capítulos a William y Edmund Vestey, dos hermanos de Liverpool que manejaban gran parte del negocio de la carne en Argentina a principios del siglo XX. En el caso de Panamá, donde narcos latinoamericanos se codean con grandes empresas del continente y dinero sucio proveniente del terrorismo o la corrupción, sus inicios se remontan a 1919, cuando comenzó registrando barcos extranjeros para ayudar a la Standard Oil a eludir impuestos y regulaciones estadounidenses. Más allá del tono indignado, Shaxson ofrece un relato consistente que echa luz sobre un sistema donde la opacidad es la regla.


No hay comentarios:
Publicar un comentario